De ahí que, en sentido estricto, no haya forma
de alcanzar la iluminación ni de encontrar el Ser. Pese a lo
cual, desde luego, parecería que algunos están más
despiertos frente a este hecho que otros (los llamamos “iluminados”),
y en cierto sentido eso es verdad; pero lo que ocurre en estos casos
no es descubrimiento de la iluminación sino un profundo reconocimiento
de algo ya presente. Es como mirar la vidriera de una tienda y ver
una figura borrosa que nos mira. Desplazamos la cabeza para poder ver
quien es, y de repente advertimos que es nuestro propio reflejo en
el vidrio: estamos mirando nuestro ser.
Lo mismo pasa con el despertar o la realización. Parecería
que estamos mirando el mundo que se halla “allí afuera”,
que nos parece muy real y muy separado de nosotros, pero de pronto
notamos
–lo reconocemos, simplemente- que estamos mirando nuestro ser,
y que ese ser es el mundo entero tal como surge momento a momento,
ahora mismo, en cada instante. Cuando uno es testigo imparcial del
mundo, éste surge en el testigo, y uno y el mundo son una sola
cosa. No vemos el cielo: somos el cielo. No oímos cantar a los
pájaros: somos los pájaros que cantan. No sentimos la
tierra: somos la tierra.
Todo ello nos acontece de un modo súbito, espontáneo,
tácito y sin causa: es el reconocimiento del Sabor Único
no dual, de nuestro propio ser, del Rostro Original que teníamos
antes de que nacieran nuestros padres, del ser que teníamos
antes de que naciera el universo; de ese ser puro, siempre presente,
no dual, que no es espacial, y por ende es infinito, que no es temporal
y por ende es eterno. Y sin embargo es la única cosa que hemos
conocido realmente alguna vez.
Dicho reconocimiento –que parece tener un comienzo en el tiempo-
lleva a este otro: no hubo nunca un tiempo en que no conocieramos a
ese ser. Siempre lo hemos conocido, en el centro más profundo
de nuestra conciencia –en lo que Ramana Maharshi llamaba el Yo-Yo
(porque es el testigo del pequeño yo o ego)-. En ese centro
profundo de nuestra conciencia pura siempre hemos sabido que no moriremos
jamás (porque el ser es atemporal), que siempre hemos estado
aquí (porque el ser está siempre presente). En el fondo
de nuestra mente ya lo sabemos. Somos perfectamente concientes de ser
testigos de este momento. Sabemos que somos lo absoluto, que somos
Dios, que somos la Diosa, que somos el Espíritu.
Proclives al accidente.
Digo que este reconocimiento tácito parece
haber tenido un comienzo en el tiempo, pero eso es lo que nos parece
hasta que acontece; a partir de entonces se nos torna claro que siempre
ha sido evidente. Entonces admitimos “Yo soy Eso”, y al
mismo tiempo admitimos que siempre lo hemos sabido.
En el Budismo zen se la llama “la puerta sin puerta”. De
este lado de la puerta que nos “separa” de la iluminación,
la tal puerta parece real… hasta que la cruzamos, nos damos vuelta
y nos percatamos de que jamás estuvo allí; de que verdaderamente
no había puerta. Sin embargo, de este lado de la puerta sin
puerta hay ciertos elementos que parecen facilitar dicho despertar.
De todos ellos, probablemente el más profundo sea satsang, el
simple sentarse en presencia de aquellos cuya realización es
clara y radiante. Pero hay otros innumerables factores de facilitación,
entre ellos la meditación, los diversos yogas (raja, jnana,
bhakti, karma, kriya, laya) y lo que denomino Práctica Transformadora
Integral (PTI). No obstante, ninguno de estos elementos puede ser la
causa de nuestro despertar, pues el ser despierto ya está siempre
presente, y nosotros lo sabemos. Así, cuando se produce la iluminación,
es casi como un “accidente”. Baker Roshi decía “ La
iluminación es un accidente y la meditación nos hace
proclives a tener ese accidente”.
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